miércoles, junio 3, 2020

Tareas de mantenimiento en el histórico algarrobo del Museo Pueyrredón

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El algarrobo del Museo Pueyrredón, testigo de más de dos siglos de historia y bajo cuya sombra José de San Martín y Juan Martín de Pueyrredón planearon el Cruce de los Andes, está siendo sometido a tareas de mantenimiento, a cargo de expertos de la Dirección de Ecología y Conservación de la Biodiversidad del Municipio de San Isidro.

Tesoro del museo cuando se habla de su patrimonio natural, este algarrobo blanco de 30 metros de altura, otro tanto de ramificaciones y con un tronco de un perímetro de cuatro metros, se destaca apenas se accede al parque de la quinta, en Rivera Indarte 48, Acassuso, con vista perfecta a las barrancas y el río, y escenario central en la historia argentina.

“Es un museo pequeño y enorme a la vez, que conserva un riquísimo patrimonio en sus salas y también en su parque, como el algarrobo, declarado Árbol Histórico Nacional y Monumento Natural Municipal. Un ejemplar que, como todo el acervo de la quinta, nos permite acercarnos a la historia desde la propia vivencia y es vehículo de experiencias que nos ligan con los sentidos, las emociones y la argentinidad”, dijo Eleonora Jaureguiberry, subsecretaria General de Cultura de San Isidro.

Personal especializado está realizando tareas de extracción de ramas muertas, en su gran mayoría pequeñas, que llegaron a ese estado en forma natural. Una labor que se hace en forma manual para no afectar su estructura y a esta altura del año para permitir un mayor ingreso de luz natural al resto del algarrobo y, de este modo, favorecer a un mejor desarrollo de los brotes en la primavera.

“El algarrobo necesita mucho sol y esas ramas muertas proyectaban áreas de sombras que no lo beneficiaban. Como todo ser vivo, en algún momento llegará a su fin, pero sigue siendo un árbol muy sano, que dio frutos en 2016 y 2017. Es lo que siempre esperamos, pero eso, finalmente, dependerá de las lluvias, que si son intensas complican ese proceso, más si consideramos su longevidad”, explicó Bárbara Gasparri, directora de Ecología y Conservación de la Biodiversidad de San Isidro.

Estas tareas de mantenimiento, que se ajustan cada año a las necesidades del ejemplar, demandarán cerca de una semana, no representan una poda (con lo cual, no resultará afectada la estructura ni la forma original del árbol) y no sólo tendrán un efecto positivo en la salud el árbol. También beneficiará su estética, ya que permitirá un lucimiento mayor de su enorme copa, cuyas ramas llegan y recorren el suelo, y requirieron ser apuntaladas en varios sectores.

Preservar la genética del árbol (Prosopis alba es su nombre científico) también es parte de la meta. Por eso, varios de sus retoños fueron plantados en otras áreas del museo y de la Quinta Los Ombúes, también del municipio, mientras que otros fueron donados a reservas reconocidas del país.

“Es clave preservar la valiosa genética de este algarrobo blanco, que seguramente es el ejemplar más al sur y de origen natural que se conserva de los bosques de talares que había en nuestra provincia”, destacó Gasparri.

Una especie cuyo fruto -explicó la funcionaria- , unas vainas de las que se extrae la harina de algarroba, sirvió para alimentar a muchísimas comunidades originarias de la actual provincia de Buenos Aires y del norte del país, y también a su ganado.

En el caso particular del museo, un algarrobo de gran valor histórico, como el aguaribay plantado allí mismo por Domingo F. Sarmiento en 1870, no muy lejos del laberinto de boj diseñado por Prilidiano Pueyrredón. Un ejemplar que convivió con talas, molles, espinillos, coronillos y chañares en los tiempos turbulentos de una republica naciente. Especies autóctonas, entre muchas otras, que desde hace un tiempo la comuna se encarga de conservar y recuperar en la barranca de la quinta, declarada Parque Municipal Natural. 

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